Los arquitectos optan por destacar el edificio en una organización en altura, liberando suelo, compactando programas y construyendo el carácter institucional y significativo que requiere -quizá influenciados por su interés por los rascacielos- convirtiendo la Biblioteca Pública de Usera en un referente urbano y en un observatorio público.
La superposición de programas se traduce en un apilamiento de espacios con maclas de doble altura que resulta eficiente desde todos los puntos de vista: centraliza servicios, aumenta la seguridad, fomenta la interacción entre usos y genera entornos de austera monumentalidad que propician la concentración.
Desde el punto de vista constructivo los autores buscan eliminar toda complejidad y ocultar los elementos tectónicos del edificio. Los materiales estructurales se dejan vistos, con paredes forradas con papel impreso del artista Peter Halley como única decoración. La piel exterior, en la que se explicita la superposición vertical de los espacios a través de los cantos de las losas, se abre y pliega singularmente para permitir las vistas bloqueando la entrada de radiación solar.